Migraciones



En base a la muestra de danza del seminario CREA, 
a cargo de Carolina Silveira, Miguel Jaime y Tamara Gómez. 
Lugar: Museo de las Migraciones, Montevideo, junio 2012




Rascaba la pared queriendo meterse
Hacía que trepaba, que caminaba, que se acostaba, ponía su frente en la pared para rodar

Una pared es una cosa muy alta
Después de una pared, una pared la continúa
continúa hasta una pared que crece
para convertirse en una pared que no se alcanza

Una pared tiene la altura del cielo


Siempre viene alguien que no mira, que mira a quien la rasca, a quien la trepa, que mira todo el esfuerzo puesto en trasvasar. Una cabeza se pone en su nuca e invita, una cabeza se apoya, la extiende a que abandone la subida. Nunca alcanza, una cabeza se hace cuerpo porque ya lo es y ahora son tres cuerpos los que ondulan. Hay un cuarto que se acerca. Ya podemos seguir, ya podemos volver

Venían en oleadas
Se concentraron en el rabillo pero nos miraban de frente: 
esa es la señal 

Nosotros estábamos formados. Esperábamos por ellos
¿Pero por qué? 
Queríamos un público
Queríamos ser parte de lo que quiere ser mirado

Van a estar más cerca, van a pasar en línea por la calle que forjamos

No los ignoraremos: 
Acabarán con nuestra danza

Hasta ahora, nuestra pareja conocía un solo juego. Pudimos jugarlo hasta el cansancio pero estaba previsto que vinieran. Siempre arriban. Nos hablan de apertura del espacio pero vienen en malón como un cuchillo. Acabarán con nuestra danza. No creemos en su pacto. Aceptamos su figura si ellos llevan nuestro ritmo...

Hacemos un todo
Vamos juntos hacia el fin del mundo: 
Al fin del mundo donde empieza una pared

Trazamos un espacio entrevisto. La primera vez que vinimos aquí lo contemplamos, luego le dimos la espalda, luego lo atravesamos, lo cruzamos al salir. En aquél momento queríamos formar la alfombra. Por eso cada uno fue una estrella y se tocaban

¡Expandan la ruta! 
¡Ya nos esparcimos!

Creamos nuestros propios códigos. Harán terreno. Los otros, surcando

Volvimos a correr a la muralla. Nos formamos ante la pared y damos el aviso. Bajo este techo estamos. No está claro nuestro límite, el del público. Cuando den la señal, hay que llevar la norma al centro. Al centro de mi estrella. Unida en los extremos, sin tocarse. Hacemos un conjunto. No es un muro la pared
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Ahora

Vamos a entrar bailando


















Un manto de rosas amarillas..


Un manto de rosas amarillas tela a la altura del cielo me persigue hasta mi casa pero entro y sale el techo a recibirme. A recibirme. Antes no me hablaban. Me acuesto en las paredes. Antes miraba con fruición las aristas y me hacía lámina. Para escapar. Creía que las láminas atravesaban pliegues. Y solo pensaba en escaparme y cómo


Todo lo que existe vino a caer como elefante y trituró mis huesos. Me explayé en el suelo, me deshice. Cíclicamente. Cortina por detrás de la actuación. Pero en mi sangre el citrino se hizo sol y crecieron rayos de mis partes mezcla heterogénea y rectangular vista con los ojos en la tierra o más abajo. Era un sol garbanzo (se podía mirar) y se volvía ámbar y se volvía tigre y se volvía miel. Y ágata verde o escritor y se volvía rama de árbol o extensión de un brazo y duende y se volvía dios y trituró mis huesos y me filtré y crecieron rayos. Me volví a mirar


Un manto de rosas amarillas cubre mi escritorio y pongo mis piedras transparentes bajo luz. Y las flores naranjas que traen agua chorrean en mi balcón hasta que un gorrión se posa en la ventana para no cantar y me mira y me mira y me mira. Me puedo consternar con una espiga que tal vez no vi


Todavía no descifro el lenguaje de mis aloes. Pero se parecen a los huesos. Eso lo sé


Cuando cae la tarde tiende lazos de tul. Que ondulan aire denso más allá y lo que conozco es un lugar a ras de tierra entre los pies y las rodillas. Apenas tensados pero ondean vaporean son añiles como la noche y el cielo es un instante de explosión que se parece al adentro de un volcán. Vendrá la noche hasta para el océano y podré dormir. O tal vez no se distingan


Hoy me vi como un durazno abierto al medio y sin carozo. ¿Mi carozo dónde está? Imagino que puse mi carozo junto con mis piedras buenas en el escritorio sobre el mantel de cielo


El citrino es una mezcla de agua y sol. Me escurro. No quiero cantar ahora. Cuando bailo apago las luces. No es timidez. Es que quiero guardar calor. Quiero mi códice secreto, mi canton oscuro hasta para mí. Pero callar siempre está a un paso de lo no sabido y lo que entiendo. Entre lo no necesito decir y lo en verdad no sé. La palabra es una prueba, un intento, un trampolín


Mis aloes bailan y el carozo los mira con expectación. Es su público


El cielo es un lugar de éxtasis. Chorrea citrinos sobre mis huesos renacientes que hacen burbujas por lo ácido y son también fervor pero trepan por un tronco para ser


Subimos al árbol y entre las ramas vimos brotes la madera y el limón. Sobre una hoja se dio el génesis y la odisea estuve allí. Luego el cielo es una reverencia y un lugar de mi escritorio. Y devorar una naranja es parte de una visión contemplativa. Pero de una contemplación crecida de la linfa y los jugos gástricos. Una contemplación o un vibrar


Hay un abismo bajo mis pasos y puede saltar por la primera grieta y comerme. Eso también lo sé. Pero nos llevarán como al árbol me digo. Y ahora estamos recorriendo el mundo de rama en rama